la economía del “como si”

En nuestras sociedades las necesidades humanas se satisfacen, por una parte, con bienes y servicios producidos socialmente, a través de la economía mercantil y las instituciones políticas (alimento, vivienda, medios de transporte, atención médica, servicios educativos, etc.); y también mediante relaciones con las personas cercanas (afecto, crianza, cuidado, atención a los seres humanos dependientes, etc.).

Por otra parte, es importante subrayar que las necesidades también se satisfacen fuera de la economía humana, “con las funciones útiles de la naturaleza no producidas y en general no producibles (agua para beber, aire que respirar, el petróleo que quemamos). La segunda fuente de servicios no puede ser sustituida por la primera. Si llega a desaparecer, también desaparecerá la vida humana, por muy grande que se haya hecho la capacidad productiva de la economía o por mucho que se hayan extendido los valores altruistas y solidarios”[1].

Ahora bien, en la sociedad productivista/ consumista todo funciona como si la anterior imposibilidad fuese posible: como si el capital pudiese sustituir a la naturaleza sin trabas y sin límite. Algunos economistas extraviados defienden eso literalmente, aunque son los menos: pero lo grave es que, aunque la mayoría de los economistas –y de la gente que considere seriamente esta cuestión— reconocería que se trata de un verdadero disparate, todo en nuestra economía funciona como si ese tenebroso dislate fuese cierto. Por eso no parece fuera de lugar hablar de una “economía del como si”, trayendo a las mientes a aquel filósofo nietzscheano alemán a caballo entre el siglo XIX y el XX, Hans Vaihinger (1852-1933), inventor de una ficcionalista “filosofía del como si”.

En efecto, la economía depende de la biosfera y debe funcionar como un subsistema integrado en el “supersistema” que es la biosfera, pero esto se niega sistemáticamente. En la medida en que el medio ambiente se toma en consideración, se lo trata como un subsistema de la economía: el mundo al revés. Hagamos como si existieran mercados con competencia perfecta; como si el modelo del Homo economicus se aproximase al comportamiento de seres humanos reales en contextos económicos; como si los recursos naturales fuesen infinitos; como si el valor de mercado de los minerales y metales fuese un indicador fiable de su escasez o abundancia; como si los ecosistemas pudiesen metabolizar cualquier cantidad de contaminación; como si, como si, como si…

Resulta demencial: pero dentro de esa demencia colectiva estamos viviendo. Después de haber asistido a la destrucción –como quien dice de un día para otro— de más de la cuarta parte de la “riqueza” mundial en la crisis financiera y bursátil de 2008, ¿cómo seguir creyendo en esa ficción que la economía convencional llama “creación de valor”? Para salir de la crisis económica actual hacia una sociedad de verdad sostenible, el primer paso debe ser reconocer esas ficciones en lo que son y asentar nuestro pensamiento económico sobre bases nuevas: esto es lo que propone la economía ecológica. (En España funciona desde hace años una red de investigadores en esta materia: su página web es http://www.ecoecoes.es).


[1] Ernest Garcia, Medio ambiente y sociedad, Alianza, Madrid 2004, p. 160.

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