cerebro e intestinos: lo alto conectado con lo bajo

Lo alto conectado con lo bajo, a través de dos vías.

Por una parte, en nuestro cuerpo habitan unos cien billones de bacterias, tan fundamentales para nuestra salud y supervivencia que médicos como Francisco Guarner, responsable del grupo de Fisiología y Fisiopatología Digestiva del Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR), llegan a afirmar que el microbioma (el conjunto de estos billones de bacterias) “se considera ya un órgano en sí mismo”. Resulta que las alteraciones en esta flora bacteriana pueden llegar a modificar la conducta y el desarrollo cerebral. Así, nos cuenta la prensa, hay estudios que demuestran que animales de laboratorio que crecen en total ausencia de bacterias tienen un desarrollo corporal deficiente, un cerebro inmaduro y un sistema inmunitario incompleto. Lo sorprendente “y una de las razones que justifica el considerar el microbioma como órgano”, explica Guarner, “es que si a estos animales se les trasplanta la flora bacteriana de individuos normales, recuperan la normalidad”. Se sabe también que muchos niños autistas tienen en su flora intestinal un tipo de bacteria –del género Sutterella— que el resto de los niños no tienen. Enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple o la enfermedad de Crohn mejoran si se enriquece la flora intestinal de los afectados. Otra científica, Elena Verdú, aclara que “la conexión cerebro-intestino es bidireccional”…[1]

Por otra parte, algunos biólogos evolutivos han conjeturado hace tiempo que, en los procesos de hominización, el crecimiento del cerebro humano y la reducción del volumen intestinal fueron simultáneos. En efecto, tanto intestinos como cerebro son órganos muy exigentes energéticamente (12’2 vatios/kg los intestinos, 11’2 el cerebro); y los humanos, con densidades energéticas corporales similares a las de los grandes simios, tenemos cerebros más grandes e intestinos más cortos que estos. Parece que, en los últimos tres millones de años, y en conexión con los cambios en la dieta y el control del fuego, nuestros intestinos tuvieron que ir cediendo terreno para que lo pudiera ganar el cerebro[2]. También de esta forma lo “alto” está íntimamente conectado con lo “bajo”, y aquí las comillas quieren decir: viviríamos mejor si no nos obsesionase tanto distinguir lo “alto” de lo “bajo”.


[1] Marta Palomo, “El cuerpo humano es una bacteria”, Público, 24 de enero de 2012.

[2] Fred Spier, El lugar del hombre en el cosmos. La Gran Historia y el futuro de la humanidad, Crítica, Barcelona 2011, p. 269-271.

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