azul turquesa

Hace un cuarto de siglo que Josep Vicent Marqués, en Ecología y lucha de clases, señaló con muy buen criterio que medir el progreso por el consumo de energía es algo tan poco refinado como medir la satisfacción gastronómica y la calidad dietética por el número de eructos emitidos por el sujeto. Por aquellos años reflexionaba de manera análoga Manuel Sacristán:

“Parece claro que se está acabando la vigencia de ciertos valores progresistas muy optimistas, proclamados desde el siglo XVIII, desde hace más de doscientos años. Valores como, por ejemplo, la asimilación del gran consumo y de la gran riqueza acumulada como una bendición del cielo, al modo de la moral protestante calvinista. O en un plano más técnico, valores como la asignación del bienestar de un país por su consumo de kilovatios/año por cabeza. Hoy más bien podría decirse que a más consumo de kilovatio/hora por ciudadano, más proximidad hay de un desastre.”[1]

Pero apenas hemos avanzado en el cambio valorativo que con buenas razones se reclamaba: los valores socialmente vigentes siguen ensalzando el despilfarro e ignorando la finitud del mundo.

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Llega a ser el que eres.

Llega a habitar el lugar donde vives.

Llega a pensar tus propios pensamientos.

Llega a aproximarte a tus prójimos.

Llega a hacerte cargo de tus acciones, y a amar a aquellos a quienes amas.

Llega al corazón de las tautologías que en realidad no son tales.

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El imbécil moral que preside el gobierno de mi país declara hoy: “Si me dan a elegir entre Bush y Sadam, no tengo duda de cuál es mi sitio ni cuál debe ser el sitio de España”. ¿De verdad no se le ocurre que, si le “dan a elegir” entre aquellos dos, vale decir entre iniciar una guerra preventiva que va a prender polvorines geopolíticos con resultados potencialmente desastrosos o defender a un dictador indefendible, lo correcto sería rechazar semejante elección?

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¿Existiría algo parecido a una brújula emancipatoria? Claro que no, qué propensos somos a las ilusiones tecnocráticas. En este ámbito, el tipo de orientación que puede obtenerse se parece no a la detección del Norte magnético mediante la piedra imán, sino a las llamadas que efectúan entre sí los miembros del grupo de delfines para saber dónde está cada uno, o a las voces o silbidos con que se comunican a larga distancia los montañeses (por ejemplo, el silbo de la Gomera).

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Las ballenas cantan. Los marinos lo saben hace mucho, la ciencia lo estudia desde hace tres o cuatro decenios. La compleja estructuración de sus frases y melodías parece poseer una lógica musical; en el caso de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae), que son verdaderas virtuosas, la potencia del canto lo proyecta a muchos cientos de kilómetros de distancia.

Y estos admirables seres vivos son tratados por nuestra civilización como meros “recursos naturales” cuya gestión, en el mejor de los casos, se trata de racionalizar para lograr una explotación sostenible… Es monstruoso. (Y no darse cuenta de que lo es resulta todavía más monstruoso.)

La mayoría de los ciudadanos/ consumidores de las metrópolis del Norte se sitúan ante el mundo como un niño delante de una pastelería. Y no piensan ni por un momento que el exceso de azúcar pudre los dientes y daña el páncreas… y que hay formas harto más atractivas de pasar la tarde que atracarse de dulces.

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Una antigua creencia, en China, asegura que cuando un ser humano muere, un animal viene hacia él y lo acoge para llevarlo al paraíso. Sin la ayuda de un animal, nadie puede acceder al paraíso.

“Debemos prestar atención incluso a las más pequeñas criaturas reptantes, pues ellas también pueden tener alguna lección valiosa que enseñarnos, y hasta la hormiga más pequeña puede querer comunicarle algo a un hombre.”[2]

Los animales han sido considerados en muchas culturas como mediadores mágicos con ese ámbito que, mejor que “más allá”, deberíamos quizá llamar: la realidad más intensa y verdadera dentro de esta realidad. Nosotros podríamos hoy apreciarlos como mediadores hacia nuestra propia humanidad aún inconquistada, o quizá ya perdida.

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Cualidades asociadas con el cuervo y la corneja para los oglala siux: rapidez, observación, atención, capacidad de encontrar cosas. La corneja es siempre la primera en llegar a la reunión de los animales en las sagradas Black Hills.

Se comprenderá que la tentación de sumar a estos córvidos mi urraca del 14 de octubre de 2001, la urraca que me habló al oído, sea intensísima. Aquí la canción de la urraca para Gary Snyder:

“Seis de la mañana,/ Sentado sobre la gravilla de una excavación/ junto a un enebro/ y las pistas en el desierto de la S.P./ la interestatal 80 no muy lejos/ entre camiones/ Coyotes –tal vez tres/ aullando y ladrando sobre un montículo.// Una urraca en una rama/ Inclinó su cabeza y dijo// “Aquí en la mente, hermano/ Azul turquesa./ No te voy a engañar./ Huele la brisa/ Vino todos rozando los árboles/ No tiene sentido temer/ Lo que está por venir/ Nieve arriba en las colinas al oeste/ Habrá cada año/ reposa tranquilo./ Una pluma en el suelo–/ El sonido del viento–// Aquí en la Mente, hermano,/ Azul turquesa.[3]

[Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 53-56. Este “diario de trabajo” va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]



[1] Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 381.

[2] Alce Negro, citado en Joseph Epes Brown, Animales del alma. Animales sagrados de los oglala siux, Olañeta, Palma de Mallorca 1994, p. 57.

[3] Gary Snyder, La mente salvaje (edición de Nacho Fernández), Árdora, Madrid 2000, p 49.

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