conversión

En el coloquio que siguió a la conferencia del 12 de enero en la Escuela de Relaciones Laborales de la UCM (primera sesión del curso “Crisis global, luchas de la dignidad y proyectos alternativos”), Juan Carlos Monedero insistía en la necesidad de perspectivas positivas para no sumir a la gente en la desmoralización, el desánimo y el miedo paralizante. Y tiene razón. Pero ¿qué clase de perspectivas positivas?

Pues es el caso que (A) necesitamos asustarnos para reaccionar; lo que nos inquieta es ese delicado equilibrio que habría que lograr, de forma que el susto nos estimule, pero no nos paralice. Y (B) sabemos que la transición a un mundo más austero y sostenible no implicaría sólo renuncias, sino también ganancias. Se trata de vivir bien con menos (título del librito que publiqué, junto con Manfred Linz y Joaquim Sempere, hace un par de años en la editorial Icaria). Perderíamos en gadgets enfermos de obsolescencia programada, por ejemplo, y ganaríamos en placeres de rica socialidad, pongamos por caso (y recuérdese que somos Homo compensator, como le place recordarnos a Odo Marquard). Pero el problema, el enorme problema es que ser capaces de apreciar esas ganancias como tales casi siempre implica ya vivir desde un conjunto de valores diferente –los nuevos valores postransición, en vez de los viejos valores consumistas. El después, con una suerte de retroacción dialéctica, tiene que apañárselas para engendrar al antes…

Si nos damos cuenta por ejemplo de que el nivel actual de desplazamientos en avión es insostenible e injusto (se ha pasado de 528 millones de desplazamientos turísticos internacionales en 1995 a980 en 2011, y la Organización Mundial del Turismo prevé más de mil millones en 2012; la parte del león de estos desplazamientos se la lleva el medio de transporte con mayor impacto ambiental, precisamente el avión), si nos damos cuenta de que la decencia ecológica y la justicia medioambiental aconsejan renunciar al avión, y decimos: está bien, volvamos a viajar lentamente en barco, necesitamos ya haber revalorizado la lentitud para poder apreciar ese cambio como una ganancia, y no como una dolorosa pérdida. (Dejo aquí de lado la importante cuestión de las constricciones estructurales a la velocidad que en algunos casos sencillamente nos impedirán optar.)

De este callejón sin salida no se sale sin un salto. No podrá emerger una cultura de la frugalidad no represiva (y laica) sin una transformación profunda de las concepciones vigentes acerca del placer, la satisfacción, la felicidad, la vida buena. Y ¿qué querría decir “profunda” en este contexto? Manuel Sacristán sugirió lo siguiente:

“Todos estos problemas tienen un denominador común, que es la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana. Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador: tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión. (…) Mientras la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental, esa gente es incapaz de construir una sociedad comunista, una sociedad no opresora, una sociedad pacífica y una sociedad no destructora de la naturaleza.”[1]

Vale la pena recordar que este tema de la “conversión” ocupaba también a Cornelius Castoriadis, más o menos por los mismos años que a Sacristán. Así, el pensador griego (o greco-francés, si se quiere) evocaba la instauración de una verdadera democracia como “transformación radical de lo que los seres humanos consideran importante y sin importancia, valioso y sin valor, en una palabra, una transformación psíquica y antropológica profunda, y con la creación paralela de nuevas formas de vida y de nuevas significaciones en todos los dominios.” Y seguía: “Tal vez estamos muy lejos de ello, tal vez no. La transformación social e histórica más importante de la época contemporánea, que todos hemos podido observar durante la última década, pues fue entonces cuando se hizo verdaderamente manifiesta, pero que se encontraba en curso desde hacía tres cuartos de siglo, no es la revolución rusa ni la revolución burocrática en China, sino el cambio de la situación de la mujer y de su papel en la sociedad.”[2]


[1] Manuel Sacristán: conferencia “Tradición marxista y nuevos problemas” (Sabadell, 3 de noviembre de 1983), ahora en Seis conferencias –Sobre la tradición marxista y los nuevos problemas, edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2005.

[2] Cornelius Castoriadis, “Reflexiones sobre el desarrollo y la racionalidad”, en Jacques Attali, Cornelius Castoriadis, Jean-Marie Domenach y otros: El mito del desarrollo, Kairós, Barcelona 1980, p. 216.

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