sobre lemmings (en videojuegos) y seres humanos desconectados

Reportaje de Trinidad Deiros en el diario Público (esa ventana abierta al mundo que corremos el peligro de perder, en estos primeros días de un 2012 que viene preñado de pérdidas): “Noruega abre la última frontera del Ártico” (4 de enero de 2012). La joven periodista, desde Kírkenes (círculo polar ártico), analiza los ambiciosos planes de desarrollo de Noruega y Rusia.

Recordemos que, en septiembre de 2009, dos cargueros alemanes llamados Fraternity y Foresight abrieron por vez primera el “paso del noroeste” aprovechando que el calentamiento global deshiela ominosamente el Ártico en verano. Se trata de la ruta que une Europa con Asia a través de Siberia, y –con espantoso simbolismo– lo que transportaban ambos buques eran sendas turbinas de gas para una central eléctrica que Rusia estaba construyendo en la ciudad siberiana de Surgut. Vale decir, material para incrementar aún más las emisiones de dióxido de carbono y así realimentar el calentamiento global. Más leña, en suma, para la pira donde vamos a arder.

En 2011 fueron ya 18 buques los que pasaron desde el Atlántico al Pacífico a través de esta ruta.

Levante usted la mirada del periódico, amiga lectora, amigo lector, y mire a su alrededor. Aunque verá seres humanos afanándose en sus tareas cotidianas –atribulados y contentos, cuidándose y dañándose unos a otros, persiguiendo metas y sorteando obstáculos–, trate de ir más allá de la superficie. ¿Ve lo que trasparece? ¿No son algo así como innumerables pequeños roedores avanzando –con hocico tembloroso y mirada fija— hacia el horizonte? Sí, eso es: enormes manadas de lemmings –somos siete mil millones desde finales del año pasado— que, a punto de precipitarse al inimaginable abismo, prosiguen su huida hacia delante.

Cabría por cierto puntualizar: esos lemmings son más bien habitantes de los videojuegos que de las tundras árticas. Pese a la creencia popular alimentada por un tramposo documental de Walt Disney –White Wilderness, 1958–, los lemmings auténticos no se suicidan en masa, sólo se ahogan ocasionalmente cuando en sus migraciones tratan de cruzar cursos de agua demasiado anchos para sus capacidades natatorias (por otra parte considerables). En suma: para buscar buenos ejemplos de conductas suicidas en masa, ¡tenemos que mirar hacia nosotros mismos!

Uno diría que hay dos fenómenos psicosociales clave para entender el desastre colectivo que estamos forjando. Han sido evocados otras veces, pero me parece importante volver sobre ellos.

(A) Nuestra miopía intertemporal. Según nos informan los especialistas, un gran número de pruebas realizadas bajo toda clase de condiciones han demostrado que los seres humanos, al igual que otros animales, obedecemos de manera innata a ciertas curvas hiperbólicas de descuento. “La especie humana desarrolló evolutivamente una curva de descuento muy regular pero muy arqueada para evaluar el futuro”[1]. De esta forma, los beneficios inmediatos se prefieren a los futuros, y manifestamos una acusada “miopía intertemporal”.[2]

(B) Los fenómenos de desconexión respecto de la base biofísica que sustenta nuestras vidas. Logramos vivir en auténticas “burbujas culturales”, relativamente independizadas de las molestas intromisiones de la realidad exterior. A esta clase de burbujas pertenece la ilusión de que nos hemos independizado de la naturaleza (en el sentido de los ecosistemas y la biosfera, en este caso)[3]; así como el énfasis en el individualismo competitivo que hallamos en nuestra sociedad. Uno diría que tres entornos donde cada vez más gente vive tramos cada vez más amplios de sus vidas son especialmente importantes en la inducción de ignorancia acerca de nuestra ecodependencia (e interdependencia):

  1. La ciudad, el entorno urbano dependiente de un vasto territorio circundante para el abastecimiento de recursos y la absorción de residuos, pero cuyos sus habitantes tienden a desconocer esos nexos…
  2. El dinero, la economía crematística que se imagina poder reducir todos los valores, cualidades, bienes y males a la cuantificación dineraria…
  3. El ciberespacio y la realidad virtual, donde nos imaginamos desligados de toda existencia física[4].

Identificar esta dos importantes tendencias psicosociales y hacernos conscientes de las mismas nos abre la posibilidad de contrarrestarlas.

Pensemos por ejemplo en la miopía intertemporal. Esta clase de falibilidades e inconsistencias, formas de “debilidad de la voluntad” percibidas desde antiguo, dieron lugar a todo un conjunto de dispositivos de compromiso sancionados socialmente para impedir que sacrifiquemos nuestro bienestar a largo plazo –y el de los demás— en el altar de los placeres inmediatos. Siguiendo a Avner Offer, Tim Jackson explica que estos mecanismos institucionales regulan el equilibrio entre las elecciones que hacemos hoy y las del futuro. Las cuentas de ahorro, el matrimonio, las normas de conducta social, y en cierto sentido el gobierno político, pueden ser considerados dispositivos de compromiso[5].

Así, a poco que se reflexione se verá que por cada ejemplo de “descuento hiperbólico” en nuestra cultura, que desemboque en una gestión socioecológica miope, podemos dar otro ejemplo de gestión sostenible de recursos naturales, con la vista puesta en el largo plazo, en otras culturas: y también algunos ejemplos en la nuestra[6]. En definitiva, para contrarrestar propensiones innatas que pasan a resultar disfuncionales los seres humanos hemos desarrollado en el pasado, y seguimos haciéndolo hoy, todo tipo de controles culturales. No es cierto que los seres humanos seamos irresponsables máquinas maximizadoras de satisfacción instantánea.

Aunque sí lo es que hoy en día se aplica un enorme poder económico-político a ahormarnos según esas pautas, comenzando por el alud avasallador de la publicidad comercial. El problema es que la sociedad productivista/ consumista está erosionando los dispositivos de compromiso que en todas las sociedades sirvieron para paliar la miopía del “descuento hiperbólico”.


[1] George Ainslie, Breakdown of Will, Cambridge University Press, Cambirdge 2001, p. 46.

[2] Sobre este fenómeno ha llamado la atención Anthony Giddens en varias ocasiones: “¿Existe algún factor de conducta que influya prácticamente en todos los aspectos de nuestro estilo de vida? Sí. Uno de los más importantes es el que los economistas llaman, con cierta tosquedad, el descuento hiperbólico. Si a una persona le dan a escoger entre 50 euros hoy o 100 euros mañana, lo normal es que prefiera esperar a los 100. Pero si el plazo de tiempo es de un año, casi todo el mundo prefiere quedarse con los 50 euros en mano. Las consecuencias futuras –buenas o malas– no suelen contar mucho en nuestras decisiones actuales. Cada año, en el Reino Unido, se someten a cirugía de bypass miles de personas, pero sólo el 10% de ellas introduce después en su vida los cambios necesarios para evitar nuevas complicaciones, entre las que puede estar una muerte prematura. El descuento hiperbólico es uno de los principales factores que explican la actitud tan perezosa de la mayoría de la gente ante las amenazas del calentamiento global. Según los sondeos, la mayoría acepta que el cambio climático es una realidad y que la causa está en nuestro propio comportamiento. Sin embargo, la proporción de gente que está dispuesta a modificar ese comportamiento de forma significativa es muy baja. Lo que eso implica es inquietante. Las campañas de concienciación y los eco-impuestos, por muy meditados y organizados que estén, tienen una repercusión marginal. Tal vez sea necesaria una catástrofe –algo que ocurra en el presente– claramente atribuible al calentamiento global para que la gente empiece a prestar la debida atención.” (Anthony Giddens, “Cambiar el estilo de vida”, El País, 22 de octubre de 2007.)

[3] Pensemos en los discursos sobre sociedad posindustrial, sociedad del conocimiento, capitalismo cognitivo, desmaterialización, realidad virtual… Todo ello tiende a apuntalar esa burbuja.

[4] Sobre esta desconexión con respecto a las bases naturales de nuestra existencia, de las que dependemos, insiste mucho Keith Farnish (véase http://www.farnish.plus.com/amatterofscale/). La paradoja: “estar conectado”, en un entorno urbano y tecnológico, se refiere para la gran mayoría de la gente a las telecomunicaciones… no a la conexión con la naturaleza y la vida.

[5] Tim Jackson, Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito, Icaria, Barcelona 2011, p. 198-199.

[6] Por no ir muy lejos, podemos fijarnos en la isla de Menorca. Véase Sofía Menéndez, “Menorca: la isla sostenible”, El País/ Tierra, 15 de diciembre de 2007, p. 18. Otros ejemplos interesantes en Thomas Princen, The Logic of Sufficiency, MIT Press, Cambridge –Mass.— 2005, capítulos 6, 7 y 8.

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