sobre nihilismo y apetito por la sal

Unas notas de Antonio Diéguez –profesor de filosofía en Málaga— me devuelven a la cuestión del nihilismo.[1]

NIHILISMO DARWINISTA por Antonio Diéguez

Recuerdo un enunciado de Céline, el gran novelista francés –y también execrable antisemita–: “La moral de la Humanidad a mí me la trae floja; como a todo el mundo, por cierto.” Y no tan lejos del escritor pronazi, aunque con gesto de displicente dandismo, la presente ingravidez posmoderna: “Poco se entiende de la condición humana si se juzga en los términos de bien y mal. El peso del mal, el peso del bien, el peso de la justicia. Todo acercamiento de este estilo termina, como sería fácil de esperar, cayéndose por su propio peso.”[2]

A una posición como la de Céline podemos llamarla nihilismo, en una de las acepciones del término: la doctrina según la cual no existen los valores. El ser es, pero ¿alguien palpó alguna vez un “deber ser”?

Ahora bien: en un nivel muy básico, es obvio que existen los valores– no sólo para los seres humanos sino para todos los seres vivos. En efecto, en todos los seres vivos –desde la ameba a la Duquesa de Alba– hallamos tendencias preferenciales ancladas en su naturaleza biológica. Como nos sugiere Javier Echeverría, “la vida, la supervivencia, el crecimiento y la reproducción no sólo son bienes (o males) para nosotros, sino también para las especies que pueblan la biosfera.”[3] En el mundo animal hay –encarnados en cuerpos– valores naturales, que son anteriores a los valores morales, religiosos, estéticos… El filósofo vasco ha desarrollado una notable axiología naturalizada y empírica, según la cual “en la naturaleza proliferan los valores”. En efecto, “en el mundo animal, los valores básicos tienen una expresión orgánica”: los órganos corporales permiten el ejercicio de las capacidades propias de cada especie, y así la satisfacción de valores básicos. Y de hecho, no sólo en el mundo animal sino para todo ser vivo. Pensemos en el fototropismo de las plantas…

Volvamos al mundo humano. Pensemos en algo tan característico como el apetito humano por la sal. Se explica evolutivamente, como adaptación darwiniana: durante decenas de miles de años el cloruro de sodio –que nuestro organismo necesita– escaseaba en nuestra dieta, de manera que la selección natural nos fue dotando de este apetito… ¡que hoy resulta contraproducente (mal-adaptación)! La ingesta excesiva (consumo promedio de unos 10 grs. al día en Gran Bretaña, cuando no debería superar los 5 grs.), en condiciones ambientales de abundancia de sal, indudablemente nos enferma (hipertensión, infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares, enfermedades renales, etc.).

Así que cabe pensar en la sal como bien humano, y en la búsqueda de sal como valor (¡aunque sin excesos! Tirando de este hilo llegaríamos a la importante reflexión de Herbert Simon sobre racionalidad acotada)[4]. Bueno, quizá no sea un ejemplo muy impresionante de valor, pero no cabe duda de que está ahí. ¡Existen los valores –al menos en el modesto sentido de tendencias preferenciales ancladas en nuestra naturaleza biológica! Así que el nihilismo ha de referirse a otra cosa…

Lo que la gente como Céline sostiene acaso es que no existen los valores “elevados”: quizá esa “moral de la Humanidad” que se la trae floja alude a valores como la benevolencia generalizada, el amor al extraño, la justicia… El caso es que aquí se mezclan varios debates: sobre egoísmo psicológico y egoísmo ético, sobre subjetivismo y relativismo moral, quizá también sobre determinismo y fatalismo…[5] Sólo una mínima indicación ahora: a mi juicio, el nihilismo es una forma de extremismo del Todo o nada. Pide Valores Absolutos (con muchas mayúsculas) descolgados de alguna suerte de cielo platónico, o nada. Se trata de variantes del dostoievskiano “si Dios no existe, todo está permitido”.

Pero en cuanto esa falsa dicotomía se desestima, nos encontramos en un mundo vivible –aunque sea un mundo trágico. Que no exista la Justicia Absoluta no quiere decir que las luchas históricas, concretas, encarnadas por lograr algo de justicia (con minúscula) carezcan de sentido… sentido que precisamente sería la construcción común que va emergiendo (o no) de esas luchas, sin ninguna esperanza de victoria.

En el Mahabharata, epopeya mitológica de la India (originada aproximadamente en los siglos IX-VIII AEC), leemos una buena historia sobre la concepción trágica de la existencia. (Ésa que no ignora, ni trata de olvidar, que los seres humanos nos hallamos en vilo sobre un abismo –sin fundamentos últimos).

“Un hombre solo se adentra en un bosque oscuro y poblado por animales feroces. (…) Una mujer de ojos rojos vigila todas las cosas que van, cada una a su ritmo, hacia un fin inevitable. El hombre tiene que pasar por ese bosque. De repente oye aullidos de fieras, y le entra miedo. Corre aturdido y cae en un pozo negro. Consigue de milagro agarrarse a unas raíces enredadas en el borde del agujero. Siente debajo de él, en el fondo del pozo, el aliento cálido de una enorme serpiente que abre las fauces. Ve que va a caer, y que lo devorará la espantable criatura. Por encima, derribando los árboles, aparece un elefante gigantesco que levanta la pata para aplastarlo. Surgen también unas ratas blancas y negras que se ponen a roer las raíces a las que está agarrado. Y en ese preciso instante unas peligrosas abejas vuelan sobre el agujero, y dejan caer unas gotitas de miel.

Entonces el hombre suelta una de las manos y extiende el dedo lentamente, con mucha precaución. Extiende el dedo para recoger las gotas de miel.”[6]


[1] Antonio Diéguez, “Nihilismo darwinista”, publicado en 2009 en Teorema Vol. XXVIII/2, 2009, pp. 215-221.

[2] Vicente Verdú, “La confusión ilumina, la claridad mata”, El País, 4 de marzo de 2010.

[3] Javier Echeverría, Ciencia del bien y del mal, Herder, Barcelona 2007, p. 37.

[4] Herbert A. Simon, Models of Bounded Rationality, Cambridge (Mass.), MIT Press 1982. En nuestro país, Javier Echeverría y J. Francisco Álvarez andan estos últimos años formulando propuestas en esta dirección, y preparan un libro conjunto sobre la racionalidad valorativa (El tejido de la racionalidad, de próxima publicación).

[5] Una buena introducción a estos debates en Simon Blackburn, Sobre la bondad. Una breve introducción a la ética, Paidos, Barcelona 2002, p. 23-92.

[6] Lo cuenta Jean-Claude Carrière en El círculo de los mentirosos –Cuentos filosóficos del mundo entero, Lumen, Barcelona 2000, p. 95.

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