biomímesis

Las sociedades industriales han demostrado ser pésimas inquilinas de la biosfera. Tenemos que aprender a volver a vivir dentro de la naturaleza, como parte de la naturaleza. Me parece que un concepto clave en esta tarea es el de biomímesis.[1]

(Biomímesis.) No es que lo natural supere moral o metafísicamente a lo artificial: es que lleva más tiempo de rodaje.

(Biomímesis.) “El edificio debe ser una circunstancia natural del terreno”, decía Frank Lloyd Wright, el patriarca de la arquitectura moderna en EE.UU., anticipándose a la poderosa corriente de “ecoarquitectura” y arquitectura bioclimática que vendría después. Así con el resto de los sistemas humanos: deberían ser algo parecido a una circunstancia natural de la biosfera.

(Mundo lleno.) Como cuando uno duerme con su pareja en una cama estrecha, y quizá incluso con un perrito a los pies y un par de gatos en la cabecera: habrá que encontrar la forma de acomodarse todos. El codo no puede hincarse en la espalda del otro o la otra, las piernas han de entrecruzarse razonablemente, hay que evitar las patadas a los animales: formas y espacio deben acoplarse respetando algo semejante a la armonía. Así, los sistemas humanos en el lecho –hoy achicado y ensuciado, pero cuán cálido y apetecible— de la biosfera.

Alguna vez, el ser humano será capaz de construir no como si torturase a la tierra, sino como acariciándola.

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¡No se trata de redescubrir el Mediterráneo! Lo más importante puede ser lo más cercano: por ejemplo, el tallo verde de hierba.

Indica nuestro economista ecológico más importante, el sabio José Manuel Naredo: “El funcionamiento milenario de la biosfera ofrece un ejemplo modélico de sistema que se comporta de modo globalmente sostenible. El hecho de que la Tierra sea un sistema abierto en energía, pero cerrado en materiales (con la excepción de los meteoritos), unido a que sea más fácil convertir materiales de la corteza terrestre en energía, que energía en materiales, hacen de estos últimos el principal problema de una gestión sostenible. Dado que los organismos en general, y los hombres muy particularmente, necesitan degradar energía y materiales para mantenerse en vida, la manera de evitar que ello redunde en un deterioro entrópico de la Tierra pasa por apoyar esa degradación sobre el único flujo renovable que se recibe del exterior (el procedente del Sol y sus derivados) manteniendo un reciclaje completo de los materiales utilizados. El fenómeno de la fotosíntesis es el que ha posibilitado este comportamiento.”[2]

La fotosíntesis de las plantas verdes es el modelo productivo prototípico al que debería imitar (principio de biomímesis) toda gestión humana sostenible de los recursos. Tiene, en efecto, cuatro características modélicas:

  1. La energía que utiliza procede de una fuente inagotable a escala humana, asegurando así la continuidad del proceso.
  2. Los convertidores (las plantas verdes) que transforman la energía solar en energía bioquímica se producen utilizando esa misma fuente de energía renovable.
  3. El proceso productivo se basa en sustancias muy abundantes en la Tierra: agua, carbono, hidrógeno y oxígeno (más pequeñas cantidades de otros nutrientes, que constituyen menos del 1% del peso total de la planta en fresco).
  4. Los residuos vegetales, tras un proceso de descomposición natural, regeneran en forma de humus la fertilidad del suelo, cerrándose así los ciclos de materiales.

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“Los sistemas socioeconómicos programados para la explotación –competición, explotación y acumulación— se oponen a los sistemas socioeconómicos programados para la exploración –cooperación, uso y almacenamiento–. Los primeros están programados para la muerte,” escribe el sociólogo José Manuel Rodríguez Victoriano en la estela de Jesús Ibáñez, “su valor de supervivencia lo tiene sólo una parte, la parte que domina a costa de la muerte del conjunto.”[3]

Imagina esto que llaman “economía de mercado” sin los millones de parados; sin las decenas de millones de trabajadoras y trabajadores precarios y eventuales; sin los centenares de miles de mujeres y niñas prostituidas; sin las catástrofes ecológicas puntuales y la hecatombe ecológica cotidiana; sin el interminable masaje cerebral de la publicidad; sin televisión; sin la privatización de los espacios públicos; sin inseguridad sobre las futuras pensiones y sobre la atención sanitaria; sin exportación de daños sociales y ecológicos del centro a las periferias; sin paraísos fiscales; sin mercados financieros desregulados y sin fuga de capitales; sin dumping social; sin tráfico de especies protegidas, de armas y de estupefacientes; sin mafias ni escuadrones de la muerte; sin complejo militar-industrial; sin Altos Estados Mayores para la preparación de la guerra; sin especialistas en ti… Difícil de imaginar, ¿verdad? Pues saca las consecuencias.

Sin control social sobre las inversiones, y sin control social sobre los movimientos de capitales, no hay posibilidad de construir una sociedad justa y ecológicamente sostenible. Pero eso es una “socialización dulce”, me diréis. Dulce o amarga: vosotros lo habéis dicho.

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En algunas culturas indias norteamericanas, la gente acostumbraba a tener en cuenta a sus descendientes hasta la séptima generación.

Esos son los lapsos temporales en que puede realizarse una política responsable. Y a la inversa, una cultura –como la nuestra— donde la política se deforma en convulsivas urgencias a tres o cuatro años vista, una cultura donde, risiblemente, diez o quince años ya son “el largo plazo”, no puede ser calificada sino como degenerativa.

[Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 26-28. Este “diario de trabajo” va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]


[1] He intentado explicitarlo en “Biomímesis: el camino hacia la sustentabilidad”, en Jorge Riechmann, Jean-Paul Deléage y otros: Industria como naturaleza: hacia la producción limpia, Los Libros de la Catarata, Madrid 2003.

[2] José Manuel Naredo: “Sostenibilidad, diversidad y movilidad horizontal en los modelos de uso del territorio”, en AA.VV.: Primer catálogo español de buenas prácticas (preparado para la Conferencia de NN.UU. sobre Asentamientos Humanos, Estambul, junio de 1996), MOPTMA, Madrid 1996, p. 33.

[3] José Manuel Rodríguez Victoriano, Los discursos sobre el medio ambiente en la sociedad valenciana (1996-2000), tesis doctoral, Universidad de Valencia 2002, p. 133.

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