una rana dentro de un puchero

El pasado 30 de octubre, en la plaza del 2 de Mayo de Malasaña, asistí a una conferencia –organizada por la Asamblea 15-M del barrio— de Antonio Lafuente sobre el procomún (esta vieja palabra castellana, recuperada por activistas del siglo XXI, remite a los bienes comunes: lo que es de todos y no es de nadie). El debate fue plural, rico y enriquecedor. Una de las cuestiones que volvían una y otra vez era la perplejidad ante la falta de reacción de la mayoría de la gente frente a la terrible crisis que afrontamos. Y varias veces se evocó el cuentecillo de la rana cocida lentamente, “un clásico en las escuelas de negocios” como recordó Antonio.

Como se sabe, si arrojamos a la rana dentro del puchero de agua hirviendo sus reflejos de supervivencia se impondrán: saltará instantáneamente fuera del puchero y salvará la vida. Si en cambio echamos la rana dentro de un puchero de agua que se va calentando muy lentamente, nuestro pobre anfibio se quedará dentro y acabará cocido.

Dos perspectivas muy diferentes sobre la misma historia: para las escuelas de negocios, se trata más bien de cómo cocer a la rana (ecológica y económicamente) sin que ésta se dé cuenta. Para nosotros, la cuestión es cómo escapar del puchero antes de cocernos. Noam Chomsky reflexionó hace tiempo sobre la estrategia de la gradualidad; se le atribuye el siguiente texto:

“Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.”[1]

¿Por qué la rana no salta a tiempo fuera del puchero? Sin ánimo de exhaustividad, quisiera recordar ahora dos fenómenos que nos dificultan ese salto salvador. El primero es nuestra tendencia a disociar (en el sentido que enseguida explicaré); el segundo, las líneas de referencia cambiantes.

1.) Tendencia a disociar. Hablamos de “negacionismo” en relación con el calentamiento climático, y a menudo nos referimos con ello a una distorsión de la realidad (rechazando, por ejemplo, evidencias científicas suficientemente sólidas) que se halla conectada con potentes intereses económicos. Esto se corresponde bien con el concepto clásico de ideología (falsa conciencia vinculada con intereses sociales, para Marx y Engels). Pero quizá en nuestras formas de autoengañarnos haya algo más que ideología, algo que cabría situar a nivel antropológico: la tendencia “humana, demasiado humana a desviar la mirada cuando hemos de hacer frente a realidades desagradables. Aquí, las neurociencias nos hablan de disociación.

Simplemente los dos verbos asociar y disociar nos dicen muchas, muchísimas cosas sobre los seres humanos. Asociar, asociarnos: porque somos animales ultrasociales. No voy a insistir ahora en este aspecto.

Disociar: si neuroinvestigadoras como Kathinka Evers están en lo cierto, somos animales disociativos. Según Evers existen tendencias preferenciales ancladas en la biología y la neurología humana, que aparecieron en el curso de la evolución de nuestra especie. Las cuatro que menciona –ligadas entre sí— serían (1) el egocentrismo o autointerés; (2) el deseo de control (al menos sobre el entorno inmediato); (3) la disociación con respecto a lo que no nos gusta o nos parece amenazador; (4) el interés por los otros expresado en forma de empatía (comprensión de los otros, capacidad para “leer la mente del otro” y ponerse intelectualmente en su lugar), simpatía (actitud positiva hacia el otro) o antipatía (actitud negativa).[2]

Es la tercera de estas tendencias la que ahora nos interesa: la forma en que nos desconectamos activamente de experiencias desagradables. Aves que meten la cabeza bajo el ala, avestruces que entierran la cabeza, seres que apartan la vista de lo que les resulta difícil soportar. Como explica esta autora sueca, “el ser humano es en este sentido un animal disociativo: gastamos una energía considerable, de naturaleza intelectual y emocional, para alejarnos de una gran cantidad de cosas que no queremos ser, o de las que no queremos formar parte: cosas que tememos o que no nos gustan. Cuando una experiencia es demasiado dolorosa para ser aceptada, en ocasiones ocurre precisamente que no la aceptamos: en vez de integrarla en nuestro sistema ordinario de asociaciones, (…) impedimos su integración en nuestra conciencia. Es ‘un proceso normal, que un individuo utiliza, originariamente de manera defensiva, para hacer frente a experiencias traumáticas’. No es en sí una función mal adaptada ni una función patológica, sino una función adaptativa importante, una baza evolucionaria precisa que nos permite sobrevivir a acontecimientos que de otro modo seríamos incapaces de soportar.”[3]

Así, históricamente, observamos toda una serie de intentos de los seres humanos para disociarnos de nuestra naturaleza biológica –imaginando, por ejemplo, que poseemos un alma inmortal hecha de una sustancia diferente por completo de ese vulnerable cuerpo que se daña, enferma y muere— y de los límites que ésta nos impone.

“Somos animales extremadamente temerosos y tenemos buenas razones para serlo: ser un organismo emocional, moderadamente inteligente y biológicamente finito, que comprende su propia finitud, efectivamente es una condición difícil. Como observó el etólogo Eibl-Eibesfeldt, ‘el ser humano es tal vez una de las criaturas más temerosas, porque al miedo básico a los predadores y a sus congéneres hostiles se añaden los miedos existenciales, intelectualmente fundados’. (…) En nuestro temor, y en la disociación biológica que fue su resultado, hemos sido autoprotectivos de una manera totalmente megalomaníaca”. [4]

Evers relaciona esta tendencia disociativa con nuestro esfuerzo por distinguirnos de las demás especies animales, considerándonos por ejemplo imagen de algún dios inmortal y sobrenatural, o formando parte de alguna otra realidad trascendente. Una gran cantidad de construcciones religiosas y filosóficas tienen en efecto como base la idea de que el cuerpo es impuro y despreciable, y el alma pura e inmaterial.

Por lo demás, entre los escritores y filósofos del pasado no escasean sagaces observaciones sobre esta facilidad de los seres humanos para inventarnos una realidad más cómoda: “Quien tenga suficiente experiencia de las cosas humanas sabe que la distinción (…) buena fe/ mala fe es optimista e ilustrada (…). Presupone una claridad mental que pocos tienen y que, incluso estos pocos, pierden inmediatamente cuando, por cualquier motivo, la realidad pasada o presente provoca en ellos ansia o desasosiego. En estas condiciones sí es cierto que hay quien miente conscientemente falseando a sangre fría la irrefutable realidad, pero son más numerosos aquellos que levan anclas, se alejan –momentáneamente o para siempre— de los recuerdos auténticos y se fabrican una realidad más cómoda. (…) El paso silencioso de la mentira al autoengaño es útil: quien miente de buena fe miente mejor, recita mejor su papel, es creído con más facilidad por el juez, el historiador, el lector, la mujer y los hijos.”[5]

Las conductas disociativas se dan tanto en el fanático que inventa a un dios a su medida y acorazado en su creencia religiosa se lanza a la batalla contra los infieles, como en el alto ejecutivo que inventa productos financieros a su medida y armado en su creencia en la infinitud de los recursos naturales (también religiosa en el fondo, o más bien idólatra) y la potencia de los mercados se lanza a los combates correspondientes. Pero los efectos de la disociación pueden resultar devastadores cuando nos impelen a ignorar peligros importantes… Puede uno fantasear que la energía nuclear es segura: luego viene Fukushima. Puede uno fantasear con que las reservas de petróleo son el doble de las realmente existentes: luego comienzan a escalar los precios del crudo… Puede uno seguir denegando (dirá el psicoanalista) o disociando (dirá la neuroinvestigadora), pero eso no supone una respuesta adecuada al tipo de peligro existencial al que hacemos frente[6]. En la complicada situación que afronta la humanidad en la era de la crisis ecológico-social, se diría que necesitamos mucha menos disociación y mucha más asociación.

2. Líneas de referencia cambiantes. ¿Cómo nos acostumbramos a lo inaceptable? En Alemania, a partir de 1933 –triunfo electoral del NSDAP, el partido nazi, y Ley de Plenos Poderes–, “en un tiempo asombrosamente breve ciertos grupos de personas son apartadas del universo del compromiso social, es decir, de ese universo en el que normas como la justicia, la compasión, el amor al prójimo, etc., continúan vigentes –pero ya no se aplican a aquellos que por definición están excluidos de la comunidad”[7]. Judíos, homosexuales, comunistas o discapacitados son expulsados de la Volksgemeinschaft (la “comunidad del pueblo” nazi), y resulta llamativa la rapidez con que se define la nueva normalidad. Está en juego aquí lo que los psicólogos sociales han llamado shifting baselines (puntos de referencia cambiantes): a medida que las situaciones sociales se transforman, las personas van transformándose también. Se redefine la normalidad socialmente aceptada, y en ese proceso cambian –para adaptarse– los valores socialmente vigentes. Cambiemos un momento de registro histórico. Refiriéndose a la violentísima Ciudad Juárez, en México, como una “ciudad de la esperanza”, el escritor y dibujante Edmond Baudoin explicaba: “La vida siempre busca sus caminos. He visto otros lugares difíciles en el mundo y siempre me pregunto por qué nunca se cuenta cómo la gente, a pesar de todo, se las ingenia para poder vivir. Es terrible, pero las personas nos adaptamos a todo, excepto a la muerte. La vida sobresale en todos lados, incluso en los lugares donde hay más muerte. Es como la hierba que rompe el asfalto para crecer. Las flores que salen en las grietas. Y en Ciudad Juárez está lleno de esas flores.”[8]

Las líneas de referencia normativas se desplazan junto con las nuevas realidades… y nos impresiona la capacidad de los seres humanos para adaptarnos a casi todo, en lo bueno y en lo malo[9]. En el caso de la vida cotidiana en la Alemania nacionalsocialista, “la exclusión se practica y se percibe al mismo tiempo en una realidad que se transforma de manera vertiginosa, y en la percepción va desplazándose lo que en el trato con los integrantes del grupo de ‘ellos’ se considera aceptable, tolerable, en suma: normal”[10]. Se normalizan en pocos años prácticas de exclusión radical: pasa a ser “normal” discriminar a los judíos, restringir sus libertades, expulsarlos de sus empleos, robarles sus propiedades y –algo después— exterminarlos. En el Lager –el campo de concentración o de exterminio—, recordaba Primo Levi, “nuestros días habían estado llenos, de la mañana a la noche, por el hambre, el cansancio, el miedo y el frío, y el espacio de reflexión, de raciocinio, de sentimientos, había sido anulado. Habíamos soportado la suciedad, la promiscuidad y la desposesión sufriendo mucho menos de lo que habríamos sufrido en una situación normal, porque nuestro parámetro moral había cambiado…”[11]

A partir de la experiencia alemana con el ascenso del nazismo, el psicólogo social Harald Welzer constata que “el desplazamiento incluso de las líneas de referencia sociales más fundamentales no demanda siquiera un cambio de generación o un desarrollo que se extienda durante décadas; basta con sólo un par de años. Y los involucrados no advierten la transformación que experimentan en su percepción de la realidad, sus actitudes morales, sus valoraciones sobre lo que es correcto e incorrecto, su comportamiento prosocial o antisocial. (…) Ante este fenómeno de los puntos de referencia cambiantes, uno tampoco puede hacerse ilusiones de que, ante otras problemáticas y transformaciones, las convicciones morales lleven a las personas en algún momento de un proceso misantrópico a detenerse y a regresar a la buena senda. Por lo general, esto no sucede ni siquiera en aquellos casos en los que el proceso amenaza con volverse autodestructivo.”[12]

Con las transformaciones prácticas del espacio social, las personas cambian sus valores –tanto para peor como para mejor. La conclusión del psicólogo social ex taxativa: las personas cambian de valores porque cambia su mundo, no al revés[13]. De ahí el dramatismo con que hoy nos interpelan preguntas como la de Elisabeth Peredo: “¿Cómo cambiar un paradigma de vida dominante en el planeta no sólo apoyado en el consumismo y la codicia de un vivir mejor a costa del dolor ajeno, sino también en una creciente tolerancia cultural a la devastación?”[14]

Así pues, un rasgo humano inquietante es esa tendencia a acostumbrarnos rápidamente incluso a lo que poco antes podía ser considerado intolerable o imposible… Frente a los “puntos de referencia cambiantes” y la tolerancia cultural a la devastación, cobra suma importancia la tarea de romper la ilusión de la normalidad[15], tratar de desacostumbrarnos para no percibir lo dado como “normal”, de forma que lo anómalo y monstruoso pueda ser visto como tal. (Otro rasgo humano que igualmente dificulta las respuestas adecuadas a la crisis ecológico-social es que nos cuesta apreciar la enormidad de lo que está pasando. Günther Anders acuñó el concepto de lo supraliminal: estímulos tan importantes que sobrepasan el umbral de percepción humano “por arriba”, igual que los estímulos subliminales se quedan por debajo. Aquí la tarea consistiría en practicar sin desmayo “ejercicios espirituales” para ampliar la imaginación moral, hoy tan desajustada respecto a las realidades a las que se enfrenta.[16])


[1] Noam Chomsky, lista de las “10 estrategias de manipulación” a través de los mass-media, en http://blog.acampadazgz.org/2011/10/28/manipulacion-mediatica/

[2] Kathinka Evers, Neuroética, Katz, Buenos Aires/ Madrid 2011, p. 125.

[3] Evers, Neuroética, p. 122.

[4] Kathinka Evers, Neuroética, Katz, Buenos Aires/ Madrid 2011, p. 124.

[5] Primo Levi, Los hundidos y los salvados, Muchnik, Barcelona 1989, p. 24.

[6] Gregory Bateson hacía notar que la máxima más severa de la Biblia es la que sentó Pablo de Tarso dirigiéndose a los Gálatas: Dios no puede ser burlado. (Gregory Bateson, Pasos hacia una ecología de la mente, Carlos Lohlé/ Planeta Argentina, Buenos Aires 1991, p. 537.) Dios no puede ser burlado: la ley de la gravedad existe. La ley de la entropía existe. Las leyes de la termodinámica y de la ecología restringen las opciones humanas…

[7] Harald Welzer: Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, Katz, Buenos Aires/ Madrid 2011, p. 256.

[8] Edmond Baudoin, “En México no se respetan las fronteras femeninas”, entrevista en Público, 24 de mayo de 2011.

[9] Rosa Montero en una columna de prensa (“La costumbre”, El País, 8 de noviembre de 2011): “Ya lo dice el viejo refrán: que Dios no te mande todo aquello que puedas aguantar porque puedes soportarlo casi todo. La estupenda fotógrafa Christine Spengler me contó cómo en la inacabable guerra de Líbano, un instante después del estallido de las bombas e incluso antes de que se hubiera disipado el humo, los vendedores ambulantes de Beirut volvían a vocear como si nada sus muestrarios de relojes y sus varitas de nardos. Es lo que tiene la asombrosa capacidad de adaptación de la especie humana, la flexible tenacidad que nos protege. Sin duda es nuestro mejor recurso de supervivencia, pero, por otro lado, esa adaptabilidad embota el filo crítico.”

[10] Welzer: Guerras climáticas, p. 255. El fenómeno de los puntos de referencia cambiantes se presenta también en el ámbito socioecológico, por descontado: “Era ilusoria la idea de que la existencia de graves riesgos ecológicos determinaría necesariamente cambios en las conductas mayoritarias. Las grandes amenazas ecológicas (el cambio climático, la disrupción hormonal, la dispersión de organismos genéticamente modificados, etc.), están provocadas por poderosos intereses económicos, y para ellos la forma más provechosa de gestionarlas es ocultarlas utilizando los medios de comunicación de masas, especialmente si se cuenta con la colaboración de los gobiernos. Así se ha hecho. El deterioro ecológico local, siempre más visible, va siendo asimilado por el cuerpo social como un ‘coste del progreso’. Se forma así un bucle de adaptación cultural que se retroalimenta mediáticamente y se legitima con el consumo, obteniendo la aquiescencia mayoritaria. La Naturaleza se va desvalorizando como objeto de interés social, mientras la atención mayoritaria se centra en otro tipo de objetos o de mitos sociales. Viviendo de espaldas a la Naturaleza, lo que le ocurra a ésta no es preocupante. (…) El deterioro ambiental global y local es ahora galopante, y sólo se puede combatir con mucha propaganda. Puesto que el impacto ambiental es una construcción social, se puede combatir corrigiendo el problema que lo causa, o bien modificando la percepción social del mismo…” Antonio Estevan, Riqueza, fortuna y poder, Eds. del Genal, Málaga 2007. El librito es accesible en http://www.libreriaproteo.com/electronicos/hilo_dorado.pdf

[11] Primo Levi, Los hundidos y los salvados, Muchnik, Barcelona 1989, p. 65.

[12] Welzer: Guerras climáticas, p. 264-265.

[13] Welzer: Guerras climáticas, p. 267.

[14] Elisabeth Peredo Beltran, “El sindrome de Fukushima. Un dilema entre la verdad o la violencia”, en REBELION, 3 de julio de 2011. Puede consultarse en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131504

[15] Insisto en ello desde hace años… Véase Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable (segunda edición), Los Libros de la Catarata, Madrid 2005, p. 56-57.

[16] Escribí acerca de la creciente significación moral de la imaginación en Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable (segunda edición), op. cit., p. 169-172. Sobre la categoría de lo supraliminal véase Günther Anders, Llámese cobardía a esa esperanza (entrevistas y declaraciones), Besatari, Bilbao 1995, p. 80 y 99.

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