consejo para profesores

Presentación para la prensa de Adiós a la universidad. El declive de las humanidades, el libro de Jordi Llovet recién traducido al castellano, a partes iguales autobiografía intelectual y reflexión sobre nuestro desastre educativo (que culmina provisionalmente en el proceso boloñés). Durante esa especie de “desayuno de trabajo” junto a los periodistas organizado por Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores (qué buen hacer, como siempre, el de Lola Ferreira y sus compañeras/os), el profesor Llovet evocó un buen consejo que alguna vez le diera uno de sus maestros, José Manuel Blecua. Todo profesor universitario comienza enseñando más de lo que sabe (con la petulancia e inseguridad del novato). Luego madura un poco y enseña solamente lo que sabe. Finalmente, aprende a enseñar exactamente aquello que el alumno/a puede entender, asimilar y aprender.

(Durante el coloquio uno de los asistentes, el profesor de la UCM Fernando Bárcena, cita de memoria a René Char: “Para que un legado sea grande, no ha de verse la mano del difunto”.)

La enseñanza como un ejemplo –destacadísimo— de lo necesario imposible: escribía Auden que “la enseñanza es una actividad política, una representación de Dios como padre político, un intento de crear otro ser a nuestra semejanza. Puesto que cada individuo es único, tal autorreproducción es, por fortuna, imposible. Los malos profesores lo ignoran, o imaginan ingenuamente que no intentan entrometerse.”[1]

 


[1] W. H. Auden en El prolífico y el devorador (trad. De Horacio Vázquez Rial, Edhasa, Barcelona 1996) compilado en Latín y mentiras. Selección de pensamientos sobre el arte de educar (edición de Jaime Fernández Martín), Valdemar, Madrid 1999, p. 211.

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